
La película alemana “El Experimento” (“Das experiment”, Oliver Hirschbiegel, 2001) acerca de la autoridad y el sometimiento a la misma está basado en el experimento de la cárcel de Stanford en 1971. La Armada de los Estados Unidos quería una respuesta a los conflictos que se producían en su sistema de prisiones y en el cuerpo de Marines, por lo que decidió subvencionar dicho experimento. Tras seleccionar a los individuos que iban a participar en el mismo mediante un anuncio en prensa y una serie de pruebas y entrevistas, se procedió a dividirlos entre presos y carceleros, al azar. Los veinticuatro escogidos eran jóvenes sanos, psicológicamente estables, caucásicos, de clase media y estudiantes universitarios. Dentro de los seleccionados, los “prisioneros” afirmaron que “guardias” eran de complexión más robusta, aspecto que puede ser meramente subjetivo, y que podía mostrar cierta predisposición al victimismo por parte de los primeros.
El equipo de investigadores y controladores del experimento estaba liderado por Philip Zimbardo de la Universidad de Stanford. Para su inmersión en el papel, los participantes considerados “prisioneros” fueron detenidos en por la violación de los artículos del código penal 211 y 459, correspondientes a atraco a mano armada y robo. Se les leyeron sus derechos, se les dijeron los cargos por los que eran supuestamente detenidos y se les registró y esposó de la manera habitual como trabaja la policía. Una vez en comisaría se les fichó, se les leyeron nuevamente sus derechos y se les tomaron las huellas dactilares y se les encerró en una celda con una venda que les privaba de poder ver. Esta situación trataba de provocar un shock en los participantes que fueron llevados uno a uno ante el “alcaide” de la prisión. En dichas reuniones se les informaba de lo terrible de la “falta cometida” y su nueva convicción de reclusos, con la pérdida de libertades y derechos que ello conlleva.
La prisión fue construida en el sótano del departamento de psicología de Stanford. El “alcaide” era un investigador asistente y Philip Zimbardo se reservó para sí el papel de “superintendente”. Tras la charla, los “reclusos” fueron registrados, desnudados y despiojados mediante un lavado a presión. Los “reclusos” vestían una bata, sin ropa interior, sandalias de goma, medias de nylon en la cabeza simulando tenerla rapada, una pequeña cadena simbólica en el tobillo y eran llamados por números en lugar de por sus nombres. Dichos números estaban cosidos a su bata. Los “guardias” recibieron uniformes escogidos por ellos mismos, una porra y gafas de espejo para evitar el contacto visual. La idea era provocar desorientación, despersonalización y desindividualización, tres objetivos que sin duda lograron. Los “guardias” podían regresar a casa una vez transcurrida su jornada laboral, pero parecían disfrutar tanto de su trabajo que hicieron horas extra sin recibir dinero por ello.
Se autorizó a los “guardias” a provocar en los “reclusos” aburrimiento, cierto grado de miedo, arbitrariedad en sus órdenes y decisiones y provocar sensación de impotencia. Y aquí fue donde comenzó el caos. El experimento se descontroló a pasos agigantados. Los “reclusos” fueron tratados de forma sádica, humillante y vejatoria. Los “guardias” usaron extintores para sofocar un motín, castigaron físicamente a los prisioneros cuando las normas eran incumplidas, la higiene y la hospitalidad fueron olvidadas hasta el punto de tener que pedir permiso y esperar durante mucho tiempo para obtener permiso para ir al lavabo; permiso que podía denegarse. Se quitaron los colchones de algunas celdas, forzando a los “reclusos” a dormir en el suelo. Pero lo más curioso es que, tras escuchar la idea de un supuesto plan de fuga, los “guardias” quisieron trasladar a los prisioneros a una cárcel real. Pensando que no estaban siendo observados, durante la noche recrudecían sus acciones.
Varios de los “reclusos” sufrieron desórdenes emocionales agudos, hubo un caso de sarpullido psicosomático, llantos, pensamiento desorganizado, traumas agudos (que llevaron a retirar a dos participantes del experimento) e incluso hubo una huelga de hambre por parte de uno de los “reclusos” de reemplazo que fue humillado y castigado de forma ejemplar. Como puede verse, el experimento había perdido el rumbo o, cuando menos, estaba más allá de toda ética y moral. Este aspecto fue denunciado por Christina Maslach, una estudiante de posgrado que desconocía el experimento hasta el día en que se lo mostraron. Debiendo haber durado catorce días, el experimento quedó cancelado de forma definitiva al sexto día. Curiosamente muchos de los “guardias” se enfadaron al conocer la noticia.
Las conclusiones parecen demostrar la impresionabilidad y la obediencia de un individuo cualquiera si se le proporciona una ideología y apoyo institucional, así como el poder de la autoridad. Sin embargo se incumplió una norma básica en todo experimento: Philip Zimbardo no fue un mero observador, sino que intervino directamente en él lo que lo hace muy subjetivo en sus apreciaciones. Un odioso experimento que, cuando menos, dio como fruto una interesante película.
Fuente imagen: Carátula “El Experimento” (Oliver Hirschbiegel, 2001)